
Mientras bajo la penumbra de una luna que mira con recelo a las parejas que en ese momento usufructuan de su luz para cortejar, otros ocupan su naturaleza mágica adquirida de antaño para seducir a sus concubinatos. Pero hay ciertas parejas que escapan a estos prototipos de amores teñidos de luz azul. Estas parejas se bañan de una luz violeta y se esconden de la mirada inquisidora de este astro milenario. A un costado del cauce del emblemático brazo que atraviesa de este a oeste la cuenca santiaguina, bordeando autos detenidos frente a él, bordeando cardúmenes que corren a su costado en contra de su dirección, a un costado de este ente con complejo de vertedero, asientan y toman posesión las parejas a las cuales yo hago mención, parejas que truecan la límpida luz de nuestro astro reina, por el suave y turbio cobijo de faroles escuétamente encendidos, internándose en los arbustos que durante el día ornamentan los espacios donde las familias aparentemente bien constituídas pajarean sus tardes y distraen a sus hijos. Para estas otras parejas conformadas más casual y raudamente, el silencio relativo que existe detrás de la lluvia incesante de vehículos que circulan sin advertir la presencia de estos moradores nocturnos particulares, los aisla y los encierra en un submundo que se rige por sus propias leyes, donde todo lo para ellos concebido, es permitido, donde la alteración en momentos sobrepasa los límites del placer y vuelve a esas madrugadas en una nebulosa espesa y tibia de vapor púrpura, en la cual los vehículos circulantes no son percibidos por nadie y la entrega mutua no es interrumpida por absolutamente nada. Entrega de sentidos y sentimientos abarcados de formas audaces. Esta nebulosa mira con resentimiento a la luna que sonríe a causa de su efecto logrado, pero en un instante adiverte que la nebulosa púrpura no es la única que se emplaza en la ribera de la arteria capitalina, y vislumbra una secuencia de puntos, de destellos que le indican la cantidad de gente que escapa a su realidad, las cuales forman una especia de constelación entre ellas sin tener consciencia de ello. Tras esta revelación, el astro reina inicia su retirada hacia otro sector del planeta, perpleja por haber advertido que en tiempos contemporáneos su influencia es vastamente menor, y sus parejas fieles, ahora continúan sus danzas sin la ayuda de la luna, mientras las nebulosas espesas, terminan por apagar completamente los faroles que a la noche siguiente se encenderán con más potencia, ya que el inspirador de veladas románticas se ha ido indignado y no volverá.
